Cuando vemos a Pedro, un discípulo con un historial de fallas y negaciones, sanando al paralítico Eneas o resucitando a Tabita (Dorcas), vemos la evidencia de un discípulo que, tras ser transformado, se dedicó a imitar a su Maestro. Él no dijo: “Yo, Pedro, te sano”, sino: “Eneas, Jesucristo te sana”. Esto es crucial para nuestra comunidad. El amor de Dios nos capacita, no nuestro propio esfuerzo. El poder no reside en el mensajero, sino en el mensaje: en la verdad de que Jesús es la solución.