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La Esperanza del Reencuentro y el Consuelo de Dios

Transforma tu dolor en una perla de bendición y encuentra la paz que solo el Padre puede darte. Descubre la ... Mostrar más
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Enfrentar la pérdida de un ser querido es, sin duda, uno de los desafíos más profundos del alma humana.

En este mensaje, los pastores Abelardo y Lalita nos guían a través de un camino de sanidad, recordándonos que nuestro sufrimiento no es en vano, sino que puede transformarse en una perla de gran precio si lo entregamos en las manos del Creador.

La Perla que surge del dolor

A menudo, el dolor llega a nuestra vida como una herida interna que parece insoportable.

Sin embargo, así como la ostra crea una perla a partir de su dolor, nosotros podemos experimentar que Él sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas (Salmo 147:3).

No debemos ocultar nuestras lágrimas, pues Dios no es indolente ante nuestra aflicción; al contrario, Él utiliza ese proceso para pulir nuestro carácter y revelarnos Su amor más tierno.

Restauración que nos hace completos

Tomando como base la historia de los diez leprosos, se nos invita a no buscar solamente el alivio temporal, sino la plenitud espiritual.

Mientras caminamos en obediencia, incluso con heridas abiertas, Dios comienza Su obra.

La enseñanza destaca que, aunque muchos reciben milagros, solo aquel que regresa a los pies de Jesús encuentra la verdadera salvación, pues como dice la Escritura, Él nos llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9) para que nuestra vida sea un testimonio de Su gracia.

La promesa eterna del reencuentro

Nuestra mayor paz proviene de entender que la muerte no tiene la última palabra. Jesús mismo nos asegura: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25).

Esta verdad nos permite transitar el duelo con una perspectiva distinta, sabiendo que la separación es solo un “compás de espera”.

Nos aferramos a la promesa de que llegará un día donde Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor (Apocalipsis 21:4).

Vivamos hoy con la certeza de que, en Cristo, el cielo no es un adiós definitivo, sino un “hasta luego”.

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