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El Desierto o la Tierra Prometida

Descubre si el desierto que atraviesas es un fruto de tus decisiones o un proceso de Dios para llevarte a ... Mostrar más
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Nuestra Naturaleza y el Propósito de Dios

Fuimos creados a imagen y semejanza del Creador para ejercer señorío, pero sobre todo para vivir en una intimidad espiritual profunda.

Como se menciona en Génesis 1:26-27, nuestra identidad no es solo física, sino tripartita: cuerpo, alma y espíritu.

Sin embargo, muchas veces intentamos llenar el vacío de nuestro corazón con logros materiales o placeres momentáneos, olvidando que fuimos diseñados para una comunión eterna.

Cuando nos apartamos de este diseño, terminamos habitando en lugares áridos que no nos pertenecen.

Identificando el Origen de tu Desierto

Es fundamental distinguir entre el desierto que nosotros mismos provocamos y aquel que Dios permite.

El “desierto del hombre” es producto de nuestras propias decisiones y del pecado, el cual se manifiesta en las obras de la carne descritas en Gálatas 5:19-21.

Este lugar solo produce estancamiento y dolor.

Por otro lado, existe el “desierto de Dios”, un periodo de refinamiento donde el Señor trata con nuestro carácter para prepararnos para la bendición.

Como nos recuerda Isaías 55:8-9, Sus pensamientos y caminos son infinitamente más altos que los nuestros; por ello, el desierto no es para destruirnos, sino para fortalecernos.

Las Bendiciones Escondidas en la Prueba

Aunque el desierto parezca un lugar de escasez, es allí donde aprendemos las lecciones más valiosas: la humildad, la obediencia y la constancia.

El ejemplo máximo de obediencia lo encontramos en Jesucristo, quien siendo hijo, aprendió la obediencia por lo que padeció (Hebreos 5:8).

Dios nos llama a no quejarnos como el pueblo de Israel, sino a confiar en que Él nos sostiene.

Al final del proceso, como sucedió con Nabucodonosor en Daniel 4:34, nuestra razón es devuelta y nuestro corazón se rinde ante la soberanía del Altísimo, reconociendo que Su voluntad es buena, agradable y perfecta.

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